El gran espectáculo del motor en Arizona vuelve a desplegarse

Durante 28 años consecutivos, RM Sotheby’s ha sido uno de los pilares de la Arizona Auction Week en el Arizona Biltmore Resort & Spa. El público llega desde todo Estados Unidos y también del extranjero, pero el ambiente mantiene un carácter acogedor. Aficionados y visitantes primerizos suelen mezclarse ante los mismos coches. El resultado es un evento que se siente a la vez exclusivo y accesible.

El escenario encaja con la maquinaria reunida. El sol, la luz de la montaña y la arquitectura monumental sirven de marco a una semana de arte automovilístico. Al mismo tiempo, la sala de exposición traza un relato vibrante de diseño y prestaciones a lo largo de varias décadas. Familias, coleccionistas y curiosos encuentran motivos para demorarse. Y el ritmo de la semana empuja a todos a pasar de icono en icono.

La herencia de Sotheby’s y la especialización de RM

RM Sotheby’s se asienta sobre raíces profundas. Sotheby’s nació en el Londres del siglo XVIII y acabó convirtiéndose en una referencia mundial del negocio de las subastas. Décadas más tarde, RM Auctions añadió una voz específicamente dedicada al automóvil. Desde la primera venta de RM en Toronto, en 1991, su fundador, Rob Myers, ha guiado su rumbo desde Ontario. Hoy, la enseña RM Sotheby’s combina tradición e identidad automovilística.

La mezcla de coches, sin embargo, ha evolucionado. Las obras maestras de preguerra monopolizaban en otro tiempo todas las conversaciones. En la época de este artículo, los superdeportivos modernos compartían a menudo ese protagonismo. Aun así, el catálogo seguía abarcando épocas y gustos muy distintos. Bajo un mismo techo convivían la elegancia de los grandes carroceros, el pedigrí de competición y las rarezas más ingeniosas. La sala invitaba así al descubrimiento en cada giro.

La fiebre Ferrari, en plena forma

Los coches rojos atraían a las mayores multitudes, y Ferrari marcaba el tono general. Un F40 de 1991 y un F50 de 1995 formaban una pareja soñada. Cerca de ellos, un Enzo de 2003 subrayaba el empuje constante de la marca. También había un LaFerrari de 2015, muestra de cómo la tecnología híbrida había redefinido el buque insignia de motor V12. A su lado, un prototipo de LaFerrari brindaba una rara mirada a la historia de su desarrollo.

La historia del Cavallino Rampante no terminaba ahí. Cupés V12 clásicos como el 330 GTC de 1967 equilibraban la presencia de los modernos modelos halo. Los grandes turismos de motor delantero añadían, además, otra capa de interés. Entre ellos figuraban un 550 Maranello de 2001 y un 575M Maranello de 2004. Más allá, un 512 BBi de 1984 evocaba una era en la que el músculo mecánico de la vieja escuela se daba la mano con la finura italiana. Así, el legado de Ferrari se presentaba completo y vivo.

Potencia Porsche y pedigrí de competición

Los aficionados a Porsche también encontraban mucho que disfrutar. Un 959 de 1988 recordaba que la innovación puede ser bella y rápida. Luego, un Carrera GT de 2005 aportaba una intensidad áspera y analógica. Mientras tanto, la maquinaria más enfocada al circuito aceleraba el pulso. Un 911 GT3 Cup de 2007 llevaba hasta la exposición el aroma del combustible de carreras. Y un 924 GTP de 1980 evocaba la dureza de la resistencia.

La variedad no dejaba de crecer. Un 911 Turbo de 2001 aparecía junto a modelos Turbo S posteriores, incluidas variantes ligeras. También destacaba un 911 reinterpretado por Singer, ejemplo de artesanía contemporánea con raíces en la tradición. Un 914/6R de 1970 tendía, por su parte, un puente entre la faceta más lúdica y la más competitiva de la marca. Para rematar, un RUF de 1994 mostraba cómo las casas especializadas podían llevar la precisión de Stuttgart un paso más allá.

Elegancia carrozada y raros supervivientes

La elegancia de preguerra seguía proyectando una larga sombra. Un Rolls-Royce Phantom II de 1929 ofrecía una presencia solemne y una autoridad silenciosa. Cerca de él, un Duesenberg de finales de los años veinte irradiaba confianza a la americana. También brillaban nombres de los años treinta como Packard, Lagonda y Chrysler Imperial, prueba de hasta qué punto la carrocería definía el lujo en el periodo de entreguerras. Cada coche hablaba de arte, no solo de velocidad.

Las sorpresas continuaban en cada pasillo. Un Daimler de 1910 se situaba junto a un Delaunay-Belleville de 1914, ambos cargados con el encanto de la era del latón. Un camión Hispano-Suiza de 1922 demostraba además que la utilidad también puede sobrevivir con elegancia. Incluso una lancha Herreshoff de 1913 aportaba un acento náutico al conjunto. El pasado parecía, por momentos, estar al alcance de la mano.

Los clásicos de posguerra aportaban su propia dosis de dramatismo. Un Jaguar XK120 de 1953 y un E-Type de 1964 representaban lo mejor del diseño británico. El estilo estadounidense rugía, mientras tanto, con un Chevrolet Corvette de 1958 y un Continental Mark II de 1956. Un Edsel de 1958 contaba a su manera una historia aleccionadora sobre la ambición. Y un Pontiac Firebird Trans Am de 1974 dejaba una sonrisa heredada de la era de los muscle cars.