Estimados lectores,
Hoy nos adentramos en un sitio especial. Gracias a nuestro amigo, colaborador, car designer y también profesor del Instituto Europeo de design en Torino, Sr. Dominico Lee, quién ha podido entrar en el garage de la reconocida institución junto con un puñado de alumnos que estudian Transportation Design en Torino, dirigidos por Michele Albera, Coordinador del área de Transportation Design del IED.
Entrar al garage del IED en Torino no es simplemente bajar a un aparcamiento: es cruzar una frontera invisible entre la idea y la materia, entre el boceto inseguro y el objeto que ya empieza a pedir juicio.El espacio está escondido, casi con pudor, como si no quisiera exhibirse. Hormigón visto, luz contenida, silencio denso. Un silencio que no es ausencia, sino concentración. Aquí no se guardan automóviles: aquí se ponen a prueba.

Lo primero que se percibe es el olor. No a gasolina ni a aceite, sino a material trabajado: resinas, fibra, metal caliente, cuero aún joven. Es el aroma de lo inacabado, de lo que todavía puede fallar. Y eso, en diseño, es un privilegio. Los vehículos —prototipos, maquetas a escala real, conceptos rodantes— no están alineados como en un museo. Están dispersos, casi abandonados, como animales en reposo después del esfuerzo. Algunos muestran superficies tensas, otras deliberadamente torpes. Se ven líneas valientes que no piden permiso, y también decisiones tímidas que delatan al estudiante que aún duda. Todo convive sin jerarquía. Aquí no hay iconos: hay procesos.
Las carrocerías no buscan agradar; busca explicar algo. Un pliegue demasiado agresivo en el lateral parece decir: “probé hasta dónde podía llegar”. Un frontal aún sin resolver confiesa que la aerodinámica ganó una batalla al ego. Este garage no oculta errores. Los exhibe como parte del aprendizaje.

Y entonces llega la sensación más potente: la conciencia de estar en un lugar donde el diseño aún no ha sido domesticado por el mercado. Aquí no hay briefings de marketing, ni estudios de rentabilidad, ni focus groups. Hay jóvenes diseñadores de vehículos enfrentándose por primera vez a una verdad incómoda: que una buena idea en papel no siempre sobrevive al volumen, a la luz real, al espacio tridimensional.
Caminar entre estos automóvileses asistir al nacimiento de un lenguaje. Se reconocen influencias —Italia siempre está ahí, incluso cuando no se la invoca—, pero también se percibe una voluntad clara de romper con la nostalgia. Nadie aquí está intentando rehacer un coche clásico. Están intentando merecer uno futuro.

Este garage tiene algo que muchos han perdido: vulnerabilidad creativa. Todo puede cambiar. Todo puede fracasar. Y precisamente por eso, todo importa.
Salir de allí deja una sensación extraña, casi física. La de haber estado en un lugar privilegiado no por lo que es, sino por lo que todavía no sabe que será. Un espacio donde el diseño automovilístico no se celebra: se pone en duda. Y en tiempos de certezas prefabricadas, eso es un lujo extraordinario.
Redacción
Fotos: Sr. Dominico Lee












